Reformemos el Islam: Un libro incómodo

06/May/2016

El País Cultural, Por Mercedes Estramil

Reformemos el Islam: Un libro incómodo

Ayaan Hirsi Ali es una mujer contra el
Islam. Nacida en Somalia en 1969, perteneciente a una familia islámica
ortodoxa, nada hacía suponer el cambio radical que iba a tener su vida. De
niña, igual que millones de mujeres en el mundo, sufrió la ablación genital,
una práctica sanguinaria que no se limita al continente africano (si bien
registra ahí sus mayores índices) ni se circunscribe a la religión musulmana
(pero está ampliamente difundida entre sus practicantes). En la adolescencia,
luego de varios traslados por Arabia Saudita, Etiopía y Kenia debido a la
situación política de su padre y a la guerra civil, Hirsi Ali se fanatizó al
punto de defender organizaciones extremistas como Los Hermanos Musulmanes y
apoyar en 1989 la fátwa que el ayatolá Jomeini dictó contra el escritor Salman
Rushdie condenándolo a muerte.
Distinta fue su reacción tres años después
cuando el padre le concertó un matrimonio con un primo musulmán radicado en
Canadá. En el viaje a ese país Hirsi Ali aprovechó una escala en Alemania para
huir hacia Holanda y pedir asilo humanitario. Lo obtuvo, aprendió el
neerlandés, estudió la carrera de Ciencia Política y llegó a ser diputada en el
Parlamento holandés. Su occidentalización fue en progreso hasta desvincularse
del Islam y convertirse en una apóstata. Eso, sus declaraciones feministas y el
apoyo incondicional a la libertad de expresión la colocaron enseguida en el
mismo lugar que Rushdie. Hace tiempo que la cabeza de Hirsi Ali tiene precio, y
se lo dejaron claro cuando un extremista islámico asesinó en 2004 a su amigo el
cineasta Theo van Gogh, con quien ella había colaborado en el guión de un
cortometraje crítico hacia el Islam, Sumisión.
La suma de estos datos biográficos ayuda a
entender quién es esta mujer y por qué se planta ante el mundo —desde la
relativa seguridad de Harvard, donde dicta clases— con la consigna de reformar
el Islam. Que suena utópica, hay que decirlo.
RELOJES ATRASADOS.
Reformemos el Islam se asume como un libro
incómodo, tanto para musulmanes como para occidentales. Para los primeros
porque cuestiona los principios básicos de su fe, arremete contra sus textos
sagrados, su profeta y autoridades, y para Occidente porque lo acusa de mirar
para otro lado y escudarse en el multiculturalismo para apañar costumbres
aberrantes y abusos de todo tipo, principalmente contra las mujeres (también
contra homosexuales, practicantes de otras religiones, etc.).
Hirsi Ali sostiene que el Islam se ha
quedado en el tiempo, sin reconocer los cambios mundiales en materia de
derechos humanos que otras religiones han sabido ver y aceptar. Un breve repaso
por prácticas sumarias admitidas en mucho país islámico da cuenta de eso:
lapidaciones, latigazos, decapitaciones, amputaciones, crucifixiones, etc., son
castigos prescriptos por la ley musulmana, y aplicados hoy de la misma manera
que mil años atrás. Una mujer puede ser lapidada sin más por casarse contra la
voluntad de sus padres, por cometer o sospechar que comete adulterio, por
pasear sola sin compañía masculina, por usar celular, ir vestida contra alguna
norma o manejar un vehículo. Si uno piensa que esos ejemplos disparatados son
la excepción, o si cree que esas atrocidades ocurren por el capricho misógino
de gobiernos déspotas o grupos terroristas, ahí es donde Hirsi Ali da otra
visión. Para ella la existencia misma de grupos como Al Qaeda, Boko Haram o el
Estado Islámico son reacciones retrógradas y religiosas al desafío de la
modernidad. Donde la mirada occidental mayoritaria asegura que los extremistas
no representan al Islam y tilda de islamófobo al que piense que sí, ella
sostiene lo contrario.
Su tesis es que el extremismo islámico
tiene un origen religioso, y que está amparado y propiciado en los textos
sagrados, desde el Corán a los hadices donde se recogen las enseñanzas de
Mahoma. La única manera, por tanto, de cambiar el curso de la historia, es
reescribir la doctrina islámica. Es decir, ponerla de cabeza y reformular cinco
puntos básicos estableciendo que: 1) el Corán y la figura de Mahoma sean
pasibles de interpretación y crítica, 2) se priorice la vida y no la vida
después de la muerte (idea medular del terrorismo suicida), 3) se limite la
sharía o ley islámica, que regula prácticamente toda la vida de un individuo
por encima de lo que pueda establecer la ley secular, 4) se elimine la consigna
«ordenar lo que está bien y prohibir lo que está mal» que no deja
nada librado a la decisión personal o al disentimiento, y 5) se acabe con el
llamado a la yihad (que no es solo lo que Occidente traduce como «guerra
santa», pero también es eso).
Hirsi Ali reconoce que ella no es ningún
Lutero para conseguir esos cambios, pero la declaración de modestia no le
impide proponer que contra viento y marea la reforma es posible, e incluso
sugerir que Internet puede ser a la misma lo que la imprenta fue a la reforma
protestante.
LA TERCERA VÍA.
Está claro a quiénes no va dirigido
Reformemos el Islam. Excepto para reafirmar la condena a muerte que pesa sobre
su autora, ningún ortodoxo se molestaría en leer este libro. ¿Quiénes serían
entonces los encargados de hacer posible el cambio? Hirsi Ali distingue tres
tipos de musulmanes, de acuerdo a una clasificación interesante que toma en
cuenta el derrotero biográfico de Mahoma, quien pasó de pregonar pacíficamente
su credo monoteísta en la ciudad de La Meca a imponerlo por la conquista armada
en la ciudad de Medina. En primer lugar están los que Hirsi Ali denomina
«musulmanes de La Meca», el grupo más numeroso, constituido por
creyentes que no rechazan del todo la modernidad occidental pero les cuesta
convivir con ella. Luego están los «musulmanes de Medina», fieles que
defienden la shahada o profesión de fe de forma terminante («no hay más
Dios que Alá y Mahoma es su profeta»), así como la sharía y la yihad en
términos de expansionismo multinacional. De este grupo nacen los
fundamentalistas. Y en tercer lugar estaría el grupo predispuesto a la reforma,
compuesto por críticos y estudiosos que promueven la revisión y el debate,
situados a medio camino tanto de la apostasía como del fanatismo.
El libro de Hirsi Ali es claro, entusiasta,
y tendencioso. No ignora pero rechaza la visión geopolítica que conecta el
fenómeno del terrorismo islámico con la injerencia de Estados Unidos y el
bloque de poder occidental en el mapa del mundo. No analiza la complejidad del tablero
de ajedrez que es Medio Oriente, donde dictadores seculares y déspotas
religiosos se disputan cada centímetro de tierra, y donde monarquías
absolutistas como la de Arabia Saudita permiten ciertas libertades en su
territorio pero colaboran con petrodólares para los grupos yihadistas y a la
vez mantienen una excelente relación con EEUU, cuya política exterior confronta
a esos grupos y/o los utiliza. En ese sentido Reformemos el Islam adolece de
cierto simplismo. No suena convincente que el mundo se arregle por la enmienda
de un libro sagrado o que el terrorismo termine porque dejen de prometerle a
sus reclutas un paraíso con ríos de oro, vírgenes a discreción y una
certificación visceral de buen musulmán, por más atractivo que estos elementos
den a la muerte.
Por otro lado conviene considerar la propia
complejidad de la autora, que sin duda conoce de lo que habla y también está
arriesgando su vida por algún tipo de paraíso, solo que apoyada por las armas
del lenguaje esgrimidas desde Harvard y con datos proporcionados por los think
tanks (laboratorios de ideas) del «imperio». Así que uno nunca sabe.
Larga vida a Hirsi Ali.
REFORMEMOS EL ISLAM, de Ayaan Hirsi Ali.
Galaxia Gutenberg, 2015. Barcelona, 279 págs. Tr. de Iván Montes, Irene Oliva y
Gabriel Dols. Distribuye Pomaire.